POR QUÉ YO NO CANTO LA MARSELLESA

(Aunque me estremece la barbarie salafista, y aunque me solidarice con quienes están sufriendo el dolor por la masacre del viernes en París).

  1. No me gustan los himnos, ninguno. Detrás de un himno siempre hay tribalismo, simplificación y, casi siempre, crímenes cometidos por la buena causa: la nuestra, la de nuestra tribu.
  2. La Marsellesa no es una excepción al punto 1. La Marsellesa no es hoy, y no lo fue nunca, un símbolo de los Derechos Humanos (Droits de l’homme), ni de la democracia. Por repugnante que me resulte la salvajada de París, jamás nadie me va a ver cantándola, ni me van a ver con la mano en el pecho mientras suena el mismo himno que sonaba una y otra vez en Argelia y en Francia al mismo tiempo que se torturaba y masacraba en masa (Guerra de Independencia, 1954-1962. Entre 300.000 y 400.000 mil muertos, cientos de miles de torturados, desaparecidos…). Por poner solo un ejemplo, relacionado, por cierto, con algunas de las causas –que no justificaciones– de por qué estos chiflados hacen las burradas que hacen.
  3. No canto La Marsellesa porque no me quiero sentir acompañado de gente con la que no tengo absolutamente nada que ver. No quiero sentirme acompañado de seres con los que comparto poco más que mi condición humana (Le Pen, Jiménez Losantos, etc); o de gente con la que tengo quizás algunas cosas más en común, pero de las que me separa casi todo, sin ir más lejos, todo lo referente a diagnósticos, análisis de causas y posibles soluciones (que no tengo) a la barbarie integrista. Y no la canto porque no me siento occidentalmente superior.
  4. Conclusión. No canto La Marsellesa porque para mí los Derechos Humanos y la Democracia son algo más que un mantra vacío que se repite cual papagayo, a coro con no importa quién. No canto La Marsellesa  porque no creo que sea el símbolo de todo lo bueno y santo que caracteriza a lo occidental en contraposición al intrínsecamente malvado y brutal carácter de “los bárbaros de ahí fuera”.


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